Open de Australia 2024: Wimbledon 2008: el peor día de mi vida | Tenis | Deportes

El jueves no me quedó más remedio que trasnochar. Cosas que pasan durante el Open de Australia. Tenía interés en seguir la evolución de Casper Ruud, un jugador con el que colaboramos desde hace tiempo en la Academia de Rafael, y con quien mantengo un vínculo cercano. Con sus padres y con su hermana Charlotte me une una relación de mucho cariño. Viene a colación por lo que contaré.

Al encender el televisor vi que, al mismo tiempo, estaba jugando Alexander Zverev, otro jugador con el que también guardo una buena relación. Con sobrados motivos, pues, di por bien empleada una noche sin pegar ojo. Pasando de un canal a otro, como si de un tercer partido de tenis se tratara, asistí a dos encuentros que se desarrollaron de manera muy similar y con un desenlace prácticamente idéntico. Para sufrimiento y posterior contento mío, ambos jugadores se anotaron la victoria después de un dramático tie break en el quinto set.

Como suele ocurrir, el realizador de ambos partidos iba enfocando de vez en cuando el box donde estaban sentados el equipo y familiares e, inevitablemente, la cara de tensión y angustia de mis amigos allí sentados me retrotrajo a los malos ratos y al sufrimiento que viví durante muchos partidos y durante muchos años sentado en la grada cuando jugaba Rafael.

Tras la célebre final de Wimbledon de 2008 y cuando después de la ceremonia en pista entré en la Casa Club, mi mujer se acercó para felicitarme y le dije una frase que la dejó bastante sorprendida: “El peor día de mi vida”. Parecerá una exageración (y con razón), pero pasé un auténtico infierno.

El tenis es un deporte ingrato para los familiares. Son muy pocas las veces en las que tienes la oportunidad de ver el partido con la suficiente ligereza como para disfrutarlo. Por la manera de contar los puntos, incluso cuando dispones de un marcador claramente favorable, nunca puedes dar un duelo por ganado (ni por lo tanto sentir alivio) hasta que se confirma el match ball que se te ha presentado como favorable.

Pero, muy curiosamente, esta tensión no se suele reflejar en los rostros de los jugadores. No se la vi ni a Alexander ni a Casper en los dos partidos de ayer, y muy pocas veces la vi reflejada en la cara de Rafael por muy difícil que se le pusieran las cosas. En alguna ocasión se lo comenté jocosamente a Carlos Costa, su mánager, quien siempre se sentaba a mi lado en el box: “Hay que ver, aquí nosotros con el corazón en un puño, sufriendo lo indecible. Y Rafael parece que se lo está pasando bien”.

Una de las principales razones del éxito de un deportista es precisamente su capacidad para actuar con frialdad y serenidad en los momentos de máxima intensidad y de cortante tensión. Desde jóvenes han ido preparando su juego y su mente para que cuando se presenten estas situaciones puedan responder con la máxima fiabilidad. Y si su cabeza no es capaz de actuar así, rara vez consigue el éxito que persigue.

Los que no nos hemos preparado para esto somos los familiares y allegados. Que se lo pregunten sino a mi madre, la abuela de Rafael. Ese día de la final de Wimbledon, la de 2008, sentada junto a mi hermana y a mi mujer, y cansada de sufrir, les dijo a ellas dos: “Que le den el plato a Rafael y vámonos a casa”.

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