Días y noches bajo la artillería en Donbás, el epicentro de la guerra interminable de Ucrania | Internacional

Cuando en mayo de 2022 las tropas rusas ocuparon Limán, la ciudad en la que nació y en la que bautizó a sus dos hijos, Liuba Dmitrieva aún creía posibles sus sueños de juventud. Esos en los que se jubilaba de su trabajo como técnica de laboratorio y pasaba la vejez junto a su esposo en el cálido mar Negro. Pensaba en el sol cuando el ejército ucranio recuperó el control de Limán, hace 14 meses. Esos pensamientos se fueron apagando cuando enterró a su marido, este otoño. Dice que ya no sueña. Acurrucada en un catre que ocupa casi por completo su húmedo trastero subterráneo, que se ha convertido en su dormitorio desde hace ya casi dos años, cierra unos tristísimos ojos marrones y, cuenta que solo piensa en que pase un día. Y luego otro. Y el siguiente. “Algunos predicen que esta guerra terminará en 2025, pero ¿qué podemos saber nosotros?”, se pregunta Dmitrieva. “La mayoría solo queremos volver a ser gente común y corriente”, lamenta.

Limán, en la región de Donetsk, que una vez fue una activa localidad ferroviaria de 20.000 habitantes, sobrevive sin gas ni agua —ahora, con una bamboleante electricidad— desde los primeros meses de la invasión. Los pocos habitantes que quedan, como Dmitrieva, de 65 años, resisten en esas pequeñas y hondas colmenas convertidas en refugios contra la tormenta de artillería que lanza Rusia contra una ciudadanía que dice querer “liberar”.

Dos mujeres esperan, el 14 de diciembre en Limán, para recoger leña junto a un edificio dañado en un ataque. THOMAS PETER (REUTERS)

En la calle, el suelo cubierto de nieve retumba. A lo lejos, se escuchan varias explosiones y Dmitrieva, que ha salido a recoger agua a la fuente del patio en una noche particularmente luminosa, por la luna casi llena, se arrebuja en su abrigo, carga el cubo y apresura su paso hacia el sótano. Su vecino Vitali, que duerme en uno de los rincones del refugio, talla madera. La otra esquina es el espacio de Serguéi. El hombre, “muy letrado”, describe Vitali, que fue ferroviario, ha colocado un pequeño sofá en el que descansa un libro abierto y un icono. Han tenido chinches y ratones en ese húmedo hogar. “Yo tenía un apartamento con cuadros de paisajes, con un piano. Ya no queda nada”, cuenta Vitali.

La guerra es una sucesión de días y noches eternas en Limán y otras ciudades del este de Ucrania, donde las heridas de la invasión a gran escala lanzada por Vladímir Putin en 2022 se mezclan con la guerra de Donbás —patrocinada por el Kremlin e iniciada ya en 2014— en un territorio duro y particularmente castigado por la historia. Cuando la invasión iniciada por Moscú va a entrar en su tercer año, un tiempo que se suma a los ocho anteriores de la guerra en el este de Ucrania, muchos en esas colmenas subterráneas han perdido la esperanza.

No ha ido como se esperaba la contraofensiva ucrania en las llanuras del sur y en el río Dniéper. Ni en el flanco oriental, en terreno árido, plagado de bosques minados y aldeas destruidas. Desde el verano, Rusia, con un altísimo coste humano y material, ha tomado pequeñas franjas de territorio en la región de Zaporiyia y en las de Donetsk y Lugansk (donde ya había ocupado un gran porcentaje de territorio) que Ucrania había logrado reconquistar. Para Kiev, las bajas también son grandes.

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No son enclaves decisivos ni que supongan un punto de inflexión que gire la balanza de fuerzas hacia Moscú, señala un oficial de inteligencia occidental, pero eso, unido a su estrategia de abastecimiento de armas y movilización militar, consolida la idea de que Putin se prepara para una guerra larga en la que su objetivo sigue siendo “someter” a Ucrania. Una guerra que, sobre todo, vuelve a convertir a Donbás —donde se libró la batalla por Bajmut y ahora se luchan los combates más cruentos en ciudades como Avdiivka o Chasiv Yar— en la trinchera de una guerra interminable.

La batalla se ha convertido, más que en ningún otro momento, en una pugna de posiciones, de desgaste, en la que se lucha ferozmente, metro a metro, con una mezcla sangrienta de armas del siglo XX ―como los tanques de fabricación soviética que cuajan las carreteras cosidas a misilazos y socavones que conducen a Limán― con técnicas del siglo XXI, como los drones de reconocimiento y ataque que se han convertido en esenciales para ambas partes. “Es muy difícil vivir así, es casi insoportable. A veces pienso que ya da igual todo. Sobre todo para nosotros, los viejos”, se duele Dmitrieva, atusándose el cabello trigueño bajo un gorro que dice que ya nunca se quita.

Una pequeña tele y un icono religioso, en el interior de un refugio en Limán, bajo constante fuego de artillería ruso.
Una pequeña tele y un icono religioso, en el interior de un refugio en Limán, bajo constante fuego de artillería ruso.MARÍA SAHUQUILLO

Ucrania inicia el año 2024 con el sur y el este parcialmente ocupados, con nuevos ataques masivos con misiles y drones contra ciudades y pueblos de todo el país —también los más alejados del frente— y con una ciudadanía exhausta. Pese a todo, en las trincheras, en los refugios y también en los bares, cafeterías y restaurantes de las ciudades, no triunfa el derrotismo.

El país invadido por Rusia tiene una nueva perspectiva europea, con la apertura de negociaciones de adhesión a la UE. Pero a la vez, un camino duro de reformas para asumir sus estándares y una vía llena de incertidumbres ante un apoyo occidental que flaquea y sin el que no podrá resistir al invasor ruso, como ha alertado Washington. En EE UU las luchas internas (fundamentalmente en el Partido Republicano) mantienen congelada la aprobación de un paquete de 61.000 millones de dólares (55.000 millones de euros) para Kiev. Fondos que se unen a otro paquete similar que la UE trata de sacar adelante y que los Veintisiete debatirán el 1 de febrero.

Dependientes de la ayuda humanitaria

Oleksandr y Katia Marchenko no bajan al refugio. Su casa, en un segundo piso de un pequeño bloque de apartamentos de Limán, es como una pequeña isla de normalidad. Excepto por el pasillo lleno de garrafas de agua y la pila de leña acumulada en el descansillo. El matrimonio, que hacía algunas bromas el pasado febrero, cuando EL PAÍS visitó su casa cuatro meses después de que la ciudad volviera a manos ucranias, sonríe mucho menos ahora. Oleksandr se pasa ahora los días escuchando un pequeño transistor, sentado en la mesa de estudio de lo que fue el cuarto de una de sus hijas. Su esposa teje una bufanda. De vez en cuando salen a pasear, cuenta ella, a recoger la pensión y a comprar comida, para su despensa y también para su gato. Un par de pequeñas tiendas de ultramarinos han reabierto en Limán, pero muchas de las personas que quedan, con bajos recursos, dependen de la ayuda humanitaria.

Un vecino de Limán en el trastero de su casa que usa como refugio.
Un vecino de Limán en el trastero de su casa que usa como refugio.MARÍA SAHUQUILLO

Ahora, además, el número de voluntarios ha menguado. Queda aproximadamente el 10% de los que participaron durante los primeros compases de la invasión a gran escala, dice Iliya Borchuk, de la organización Voluntarios de Dnipró. En las celebraciones del año nuevo en 2023, Borchuk llenó su camioneta con frascos de conservas, nueces, embutidos y regalos y se acercó a Limán.

Este año, acudió en Navidad, pero no hubo regalos. Solo latas, algo de fiambre y calcetines de lana para algunos de los pensionistas. “La gente pensaba que la guerra no sería tan larga y ahora trata de seguir con sus vidas. Pero, sobre todo, tiene menos dinero”, apunta el voluntario. Él mismo, que dirigía un circo de artistas en Druzhkivka, otra ciudad de Donbás, tuvo que disolver la compañía cuando empezó la guerra y pasó a trabajar como conductor para una empresa de transporte. Hace unas semanas, también perdió ese trabajo y ahora va, jornada a jornada, como repartidor.

En la isla del matrimonio Marchenko, a la vuelta de la esquina de un edificio incendiado y no muy lejos de la avenida que conduce a la hoy ruinosa estación del tren, Oleksandr habla de la próxima primavera. “Tenemos que ir a la casa de campo. Allí, hay unas bayas rojas y gordas estupendas para hacer mermelada y licor casero”, dice el hombre, vestido y afeitado como un primor. Su esposa tuerce el gesto. “La próxima primavera… Quién sabe qué va a quedar entonces. Todos los días tengo miedo de que se incendie”, comenta. Y concluye: “Allí pasamos momentos muy felices. Es solo a unos kilómetros de aquí, pero en nuestra memoria es como si allí no hubiera guerra”.

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